martes, 21 de octubre de 2008

ABRAZO DE OSO

EL ABRAZO DE OSO
 
Este cuento se refiere a un hombre joven cuyo hijo había nacido recientemente y era la primera vez que sentía la experiencia de ser papá.
A este personaje lo llamaremos Alberto y en su corazón reinaba la alegría y los sentimientos de amor que brotaban a  raudales dentro de su ser.
 
Un buen día le dieron ganas de entrar en contacto con la naturaleza, pues a partir  del nacimiento de su bebé todo lo veía hermoso y aun el ruido de una hoja al caer le sonaba a notas musicales.
 
Así fue que decidió ir a un bosque; quería oír el canto de los pájaros y disfrutar toda la belleza.
Caminaba plácidamente respirando la humedad que hay en estos lugares,
cuando de repente vio posada en una rama a un águila, el cual desde el primer instante lo sorprendió por la belleza de su plumaje.
 
El águila también había tenido la alegría de recibir a sus polluelos y tenía como objetivo llegar hasta el río más cercano, capturar un pez y llevarlo a su nido como alimento; pues significaba una responsabilidad muy grande criar  y formar a sus aguiluchos, era enfrentar los retos que la vida ofrece al cumplir con la misión encomendada; era su único objetivo.
 
El águila al notar la presencia de Alberto lo miró fijamente y le preguntó:
 
'¿A dónde te diriges buen hombre?, veo en tus ojos la alegría'; por lo
que Alberto le contestó: 'Es que ha nacido mi hijo y he venido al bosque a disfrutar, pero me siento un poco  confundido '.
 
El águila insistió: Oye, ¿y qué piensas hacer con tu hijo?,
Alberto le contestó: 'Ah, pues ahora y desde ahora, siempre lo voy a proteger, le daré de comer y jamás permitiré que pase frío. Yo me encargaré  de que tenga todo lo que necesite, y día con día yo seré quien lo cubra de las inclemencias del tiempo; lo defenderé de los enemigos que pueda tener y  nunca dejaré que pase situaciones difíciles'.
 
'No permitiré que mi hijo pase necesidades como yo las pasé, nunca dejaré que eso suceda, porque para eso estoy aquí, para que él nunca se esfuerce por nada', y para finalizar agregó: 'Yo como su padre, seré fuerte como un oso, y con la potencia de mis brazos lo rodearé, lo abrazaré y nunca dejaré que nada ni nadie lo perturbe'.
 
El águila no salía de su asombro, atónita lo escuchaba y no daba crédito a lo que había oído.
Entonces, respirando muy hondo y sacudiendo su enorme plumaje, lo miró fijamente y dijo:
 
Escúchame bien buen hombre. Cuando recibí el mandato de la naturaleza para empollar a mis  hijos, también recibí el mandato de construir mi nido, un  nido confortable, seguro, a buen resguardo de los depredadores, pero también le he puesto ramas con muchas espinas ¿y sabes por qué?, porque aún cuando estas espinas están cubiertas por plumas, algún día, cuando mis polluelos hayan emplumado y sean fuertes para volar, haré desaparecer todo este confort, y ellos ya no podrán habitar sobre las espinas, eso les obligará a construir su propio nido.
 
Todo el valle será para ellos, siempre y cuando realicen su propio esfuerzo y aspiración para conquistarlo, con todo y sus montañas, sus ríos llenos de peces y praderas llenas de conejos.
Si yo los abrazara como un oso, reprimiría sus aspiraciones y deseos de ser ellos mismos, destruiría irremisiblemente su individualidad y haría de ellos individuos indolentes, sin ánimo de luchar, ni alegría de vivir. Tarde que temprano lloraría mi error, pues ver a mis aguiluchos convertidos en ridículos representantes de su especie me llenaría de remordimiento y gran
vergüenza, pues tendría que cosechar la  impertinencia de mis actos, viendo a mi decencia imposibilitada para tener sus propios triunfos, fracasos y errores, porque yo quise resolver todos sus problemas.
 
' Yo, amigo mío', dijo el águila, 'podría jurarte que después de Dios he de amar a mis hijos por sobre todas las cosas, pero también he de prometer que nunca seré su cómplice en la superficialidad de su inmadurez, he de
entender su juventud, pero no  participaré de sus excesos, me he de esmerar en conocer sus cualidades, pero también sus defectos y nunca permitiré que
abusen de mí en aras de este amor que les profeso'.
 
El águila calló y Alberto no supo qué decir, pues seguía confundido, y
mientras entraba en una profunda reflexión, ésta, con gran majestuosidad levantó el vuelo y se perdió en el horizonte.
 
Alberto empezó a caminar mientras miraba fijamente el follaje seco disperso  en el suelo, sólo pensaba en lo equivocado que estaba y el terrible error que iba a cometer al darle a su hijo el abrazo del oso.
 
Alberto, reconfortado, siguió caminando, solo pensaba en llegar a casa, con amor abrazar a su bebé, pensando que abrazarlo sólo sería por segundos, ya que el pequeño empezaba a tener la necesidad de su propia libertad para mover piernas y brazos, sin que ningún oso protector se lo impidiera.
 
A partir de ese día Alberto empezó a prepararse para ser el mejor de los padres.
 
Mariano Osorio



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lunes, 20 de octubre de 2008

ANGEL PROTECTOR

perteneciente al libro "Un collar de maravillas")

 

Cuenta una antigua leyenda que un niño, que estaba por nacer le dijo a Dios:

-Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra, pero ¿cómo viviré tan pequeño e indefenso como soy?

-Entre muchos Ángeles escogí uno para ti, que te está esperando: él te cuidará.

-Pero dime: aquí en el cielo, no hago más que cantar y sonreír, ¿eso basta para ser feliz?

-Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tu sentirás su amor y serás feliz.

-¿Y cómo entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?

-Tu ángel te dirá las palabras más dulces y tiernas que puedas escuchar, y con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar.

-He oído que aquí en la tierra hay hombres malos... ¿quién me defenderá?

-Tu Ángel te defenderá aun a costa de su propia vida.

-En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres y el niño presuroso, repetía suavemente:

-Dios mio, si ya me voy dime su nombre, ¿cómo se llama mi Ángel?

-Su nombre no importa tu le dirás: 
Mamá...

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sábado, 18 de octubre de 2008

UN HERMOSO CUENTO







 


Un día Buda pasaba a través de un bosque. Era un caluroso día de verano y tenía mucha sed. Le dijo a Ananda, su principal discípulo:
-Ananda, regresa. Cuatro o cinco kilómetros más atrás hemos pasado por un pequeño arroyo. Tráeme un poco de agua. Llévate mi cuenco de mendicante. Tengo mucha sed y estoy cansado -había envejecido.
Ananda volvió hacia atrás... pero cuando llegó al arroyo, acababan de cruzarlo unas carretas tiradas por bueyes que habían enturbiado toda el agua. Las hojas muertas, que estaban reposando en el fondo, habían subido a la superficie, esta agua ya no se podía beber; estaba demasiado sucia. Regresó con las manos vacías y dijo:
-Tendrás que esperar un poco. Iré por delante. He oído que a sólo cuatro o cinco kilómetros de aquí hay un gran río. Traeré el agua de allí. Pero Buda insistió:
-Regresa y tráeme el agua de ese arroyo.
Ananda no podía entender la insistencia, pero si el Maestro lo dice, el discípulo tiene que obedecer. A pesar de lo absurdo de la situación -que de nuevo tiene que caminar cuatro o cinco kilómetros, y sabe que no merece la pena beber ese agua-, él va. Cuando está yendo, Buda le dice:
-Y no regreses si el agua sigue estando sucia. Si está sucia, siéntate en la orilla en silencio. No hagas nada, no te metas en el arroyo. Siéntate en la orilla en silencio y observa. Antes o después el agua volverá a aclararse, y entonces llena el cuenco y regresa.
Ananda volvió hasta allí. Buda tenía razón: el agua estaba casi clara, las hojas se habían desplazado, el polvo se había asentado. Pero todavía no estaba totalmente transparente, de modo que se sentó en la orilla y observó cómo fluía el río.
Poco a poco se volvió cristalina. Después regresó bailando. Entonces entendió por qué Buda había insistido tanto. Había un cierto mensaje en todo esto para él, y lo había entendido. Le dio el agua a Buda, le dio las gracias a Buda, se postró a sus pies.
Buda dijo:
-¿Qué estás haciendo? Yo te debería de dar las gracias por haber traído el agua.
Ananda dijo:
-Ahora lo puedo entender. Primero me enfadé; no lo mostré, pero estaba enfadado porque era absurdo regresar. Pero ahora he entendido el mensaje. Esto es lo que en realidad necesito en este momento. Con la mente es el mismo caso. Sentado en la orilla de ese pequeño arroyo me hice consciente de que pasa lo mismo con la mente. Si me meto en el arroyo lo volveré a ensuciar. Si me meto en la mente, provocaré más ruido, empezarán a aparecer más problemas, a emerger. Sentado a un lado he aprendido la técnica.
Ahora me sentaré también al lado de la mente, observándolas con todas sus suciedades, problemas, hojas muertas, dolores y heridas, recuerdos y deseos. Me sentaré indiferente en la orilla y esperaré el momento en que todo esté claro.



     


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