Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo,
cuando vió a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer
una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al
aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer personas y
las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias.
Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes: una
pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y
rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente
el padre de familia y le preguntó:
"En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de
comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir
aquí?".
El señor calmadamente respondió:
"amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de
leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo
cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la
otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo y
así es como vamos sobreviviendo" .
El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento,
luego se despidió y se fue. En el medio del camino, volteó hacia su
fiel discípulo y le ordenó:
"Busque la vaquita, llévela al precipicio de allí enfrente y empújela
al barranco".
El jóven espantado vió al maestro y le cuestionó sobre el hecho de
que la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia. Mas
como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la
órden. Así que empujó la vaquita por el precipicio y la vió morir.
Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel jóven durante
algunos años. Un bello día el joven agobiado por la culpa resolvió
abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar y
contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos.
Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy
bonito, con árboles floridos, todo habitado, con carro en el garaje
de tremenda casa y algunos niños jugando en el jardín.
El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella
humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir,
aceleró el paso y llegando allá, fue recibido por un señor muy
simpático.
El jóven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro
años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el
jóven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia
que visitó hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le
preguntó al señor (el dueño de la vaquita):
"¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?".
El señor entusiasmado le respondió:
"Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió, de
ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y
desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así
alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora.
Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona alguna cosa
básica para nuestra supervivencia, la cual convive con la rutina y
nos hace dependientes de ella, y nuestro mundo se reduce a lo que la
vaquita nos brinda. Tú sabes cual es tu vaquita y no dudes un
segundo para empujarla por el precipicio.
LLegó el momento de pasar a la acción y salir de la rutina cuanto
antes.
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lunes, 9 de marzo de 2009
viernes, 9 de enero de 2009
La cabra y el asno
Una cabra y un asno comían al mismo tiempo en el establo.
La cabra empezó a envidiar al asno porque creía que él estaba mejor alimentado, y le dijo: "Entre la noria y la carga, tu vida sí que es un tormento inacabable. Finge un ataque y déjate caer en un foso para que te den unas vacaciones".
Tomó el asno el consejo, y dejándose caer se lastimó todo el cuerpo. Viéndolo el amo, llamó al veterinario y le pidió un remedio para el pobre. Prescribió el curandero que necesitaba una infusión con el pulmón de una cabra, pues era muy efectivo para devolver el vigor. Para ello entonces degollaron a la cabra y así curar al asno.
En todo plan de maldad, la víctima principal siempre es su propio creador.
Fábula de Esopo
La cabra empezó a envidiar al asno porque creía que él estaba mejor alimentado, y le dijo: "Entre la noria y la carga, tu vida sí que es un tormento inacabable. Finge un ataque y déjate caer en un foso para que te den unas vacaciones".
Tomó el asno el consejo, y dejándose caer se lastimó todo el cuerpo. Viéndolo el amo, llamó al veterinario y le pidió un remedio para el pobre. Prescribió el curandero que necesitaba una infusión con el pulmón de una cabra, pues era muy efectivo para devolver el vigor. Para ello entonces degollaron a la cabra y así curar al asno.
En todo plan de maldad, la víctima principal siempre es su propio creador.
Fábula de Esopo
jueves, 2 de octubre de 2008
R El buen humor...
Concédeme, Señor, la gracia del buen humor
Los santos fueron santos, pero también fueron alegres.
Santa Teresa de Jesús decía: "Un santo triste es un triste santo".
No me imagino a Jesús serio, ni a María.
Hubo mucha seriedad en mi vida, demasiada formalidad.
Muchas cosas me robaron la alegría, fueron ladrones de mi buen humor.
El buen humor no es sólo reír ante un chiste, no es la carcajada fácil, aunque reír ayuda.
El buen humor es una actitud frente a la vida, es reconocer el lado alegre de los hechos y de las circunstancias.
El buen humor ayuda a aliviar las congojas y las culpas.
El buen humor transforma nuestros melodramas en comedias.
La ironía es la caricatura del buen humor.
La ironía hiere, el buen humor cura.
La ironía ridiculiza, el buen humor crea puentes.
Humor es espíritu, actitud, ingenio, alivio, sonrisa, esperanza.
Tú eres, Señor, la causa de mi alegría.
Si los Apóstoles se sentían tan bien contigo, no creo que haya sido por tu severidad, sino por tu buen carácter, por tu buen humor.
Que sepa reírme de mí mismo, el primer peldaño del buen humor.
Que nunca me ría de los demás, el primer peldaño de la tristeza.
Ante la seriedad, un poco de soltura.
Ante la rigidez, un poco de flexibilidad interior.
Que sepa tener buen humor hará de mi vejez un camino de luz; sabré entusiasmar a otros, sabré reírme con otros.
Amén.
P. Ernesto Giobando s.j.
Los santos fueron santos, pero también fueron alegres.
Santa Teresa de Jesús decía: "Un santo triste es un triste santo".
No me imagino a Jesús serio, ni a María.
Hubo mucha seriedad en mi vida, demasiada formalidad.
Muchas cosas me robaron la alegría, fueron ladrones de mi buen humor.
El buen humor no es sólo reír ante un chiste, no es la carcajada fácil, aunque reír ayuda.
El buen humor es una actitud frente a la vida, es reconocer el lado alegre de los hechos y de las circunstancias.
El buen humor ayuda a aliviar las congojas y las culpas.
El buen humor transforma nuestros melodramas en comedias.
La ironía es la caricatura del buen humor.
La ironía hiere, el buen humor cura.
La ironía ridiculiza, el buen humor crea puentes.
Humor es espíritu, actitud, ingenio, alivio, sonrisa, esperanza.
Tú eres, Señor, la causa de mi alegría.
Si los Apóstoles se sentían tan bien contigo, no creo que haya sido por tu severidad, sino por tu buen carácter, por tu buen humor.
Que sepa reírme de mí mismo, el primer peldaño del buen humor.
Que nunca me ría de los demás, el primer peldaño de la tristeza.
Ante la seriedad, un poco de soltura.
Ante la rigidez, un poco de flexibilidad interior.
Que sepa tener buen humor hará de mi vejez un camino de luz; sabré entusiasmar a otros, sabré reírme con otros.
Amén.
P. Ernesto Giobando s.j.
martes, 16 de septiembre de 2008
EL SOMBRERO MAGICO
-¡Mira papá! He encontrado un trébol de cuatro hojas.
-Déjame ver...¡Sí! de cuatro hojas.
-Eso me dará suerte ¿verdad?.
-Claro hija, eso te dará mucha suerte.
-Entonces... ¿el trébol tiene magia?
-Sí así es.
-Pero papá, si yo no creo en esas cosas.
-Entonces hijita mía no te dará ninguna suerte.
-Pues no entiendo por qué.
-¿De verdad no lo entiendes?
-No, no lo entiendo.
-Bien, entonces te contaré una historia para que lo comprendas; le
sucedió a un amigo mío, un amigo muy especial que conocí cuando tenía
tu misma edad.
-¿Qué historia es esa papá? Yo la llamo "El sombrero Mágico" ¿Quieres oírla?
-Sí claro que sí ¡cuéntamela!
Cuando yo era niño pasaba todos los veranos en el pueblo de la sierra.
Cuando yo era niño pasaba todos los veranos en el pueblo de la sierra.
Un día quise pasear yo sólo por el bosque, por un sendero que conocía
muy bien, pero sin darme cuenta vino el atardecer, el sol se escondía
entre los árboles, el aire era fresco y con ese olor que deja la
lluvia reciente, ya se veían las primeras estrellas en el cielo, los
pájaros formaban con sus cantos un enorme jolgorio... Y allí estaba,
sobre un viejo tronco, con un hermoso sombrero, mi amigo Sintosis. Me
acerqué a él despacio, aún no nos conocíamos, y le dije: ¿Quién eres?
muy bien, pero sin darme cuenta vino el atardecer, el sol se escondía
entre los árboles, el aire era fresco y con ese olor que deja la
lluvia reciente, ya se veían las primeras estrellas en el cielo, los
pájaros formaban con sus cantos un enorme jolgorio... Y allí estaba,
sobre un viejo tronco, con un hermoso sombrero, mi amigo Sintosis. Me
acerqué a él despacio, aún no nos conocíamos, y le dije: ¿Quién eres?
-Soy Sintosis, un duende del bosque
Yo pensé que bromeaba pero le dije ¡qué sombrero más bonito tienes!
-¿Te gusta? Es un sombrero mágico, bueno, al menos eso creo, lo heredé
de mi padre pero no estoy tan seguro de que sea mágico.
de mi padre pero no estoy tan seguro de que sea mágico.
-¿Y cómo es eso?
-Es una larga historia pero te la voy a contar, ven siéntate conmigo.
En este mismo bosque, hace muchos, pero que muchos años, vivía un
viejo duende llamado Estorio. Tenía tres hijos: Tosis, Antosis y
viejo duende llamado Estorio. Tenía tres hijos: Tosis, Antosis y
Sintosis, osea yo, osea que el viejo duende Estorio era mi padre. Cada
uno de los hermanos teníamos nuestro propio carácter, nuestra especial
forma de ver las cosas por lo que siempre solíamos pensar de forma
diferente. Nuestra madre, llamada Olma, hacía tiempo que ya no estaba
con nosotros, pues a todos los duendes nos llega el momento de
descansar, de volver a la naturaleza y fundirnos con ella, porque los
duendes nunca morimos, estamos hechos de energía y cuando esta energía
se gasta con el tiempo, vuelve al lugar de donde surgió, a la Madre
forma de ver las cosas por lo que siempre solíamos pensar de forma
diferente. Nuestra madre, llamada Olma, hacía tiempo que ya no estaba
con nosotros, pues a todos los duendes nos llega el momento de
descansar, de volver a la naturaleza y fundirnos con ella, porque los
duendes nunca morimos, estamos hechos de energía y cuando esta energía
se gasta con el tiempo, vuelve al lugar de donde surgió, a la Madre
Naturaleza, por eso nunca encontrareis un cementerio de duendes.
Aunque echábamos de menos a nuestra madre Olma, vivíamos bastante
felices en nuestro enorme árbol, un viejo pero vigoroso abeto, el más
confortable hogar para un duende del bosque.
Todos trabajábamos, pues Tosis tenía ya 203 años, Antosis 240 y yo
285, por lo que no éramos duendes-niños, sino más bien
duendes-jóvenes, listos y preparados para participar en todas las
labores del bosque y ayudar en la comunidad de duendes. No se si lo
sabréis pero los duendes siempre estamos muy ocupados; ayudamos a
todos los seres del bosque para que crezcan sanos; avisamos a las
hormigas de cuando va a llover para que se refugien y cierren el
hormiguero; ayudamos a los pájaros a construir sus nidos con pequeñas
ramitas; y cuando una cría de conejo o ardilla se pierde en el bosque
la llevamos junto a sus padres; también solemos esconder las botas o
las gorras de los cazadores para entorpecer su caza, incluso en el
último instante les movemos la escopeta o espantamos al animal para
que se escape. Cuando llega la primavera, tras un frío invierno donde
todo parece dormir, les hacemos cosquillas a las plantas, a los
matorrales y a los árboles para que despierten del invierno y estallen
en miles de flores multicolores. Especialmente sensibles a nuestras
cosquillas son los almendros, por eso son los primeros en mostrar sus
blancas flores. Este es, sin duda, el trabajo que más nos gusta a los
duendes, aunque a veces es duro, pues hay arbustos muy tacaños que se
niegan a florecer y entonces nos toca cantarles y bailarles, algo a lo
que no se resisten, cada sonrisa es como una flor.
Como puedes ver éramos una familia feliz, todo lo feliz que puede ser
un duende. Sólo una cosa parecía preocupar a nuestro padre Estorio,
por las noches junto al fuego se pasaba horas y horas observando con
preocupación su sombrero mágico, el sombrero Vortud, el sombrero que
conduce a su dueño por el camino del bien y la felicidad. Este
sombrero lo recibió como regalo de un misterioso mago al cual ayudó
varias veces, mucho tiempo atrás. No recuerdo muy bien su nombre...
¡Ah sí! El mago Mestron. Debió quedar muy contento con la ayuda que
nuestro padre le prestó, para regalarle nada menos que ¡un sombrero
mágico! El sombrero Vortud que ayuda a llevar una vida digna y llena
de alegrías. Pero antes de entregarlo a mi padre el mago le puso una
condición, que el sombrero debía pasar de padres a hijos. Sin embargo
nada dijo para los casos en que el hijo no es uno... ¡sino tres! Así
pues la felicidad de nuestro padre Estorio estaba empañada por esta
preocupación ¿a quien de sus tres hijos dejaría el sombrero mágico
Vortud?
Mi padre nos quería mucho a los tres, cada uno de nosotros éramos muy
diferentes, pero para él cualquiera de nosotros merecía recibir el
sombrero Vortud. Para elegir a uno, ser justo y no equivocarse decidió
observarnos muy bien, con mucha atención, tenía que resolver el
problema pronto, pues la hora de fundir su energía con la energía de
la naturaleza estaba muy cerca. Al igual que sucedió con su querida
Olma, su esposa, él también merecía descansar y dormir, por muchos
años, mecido por el viento y acariciado por los rayos del sol.
Estorio, mi padre, en sus observaciones, vio que Tosis era un soñador,
un fantasioso que creaba a su alrededor mundos inexistentes, que
otorgaba a las cosas cualidades que no tienen, bueno... a veces sí
acertaba y eso le daba ánimos para seguir soñando. Antosis sin
embargo, era más práctico, sólo veía aquello que, evidentemente, se
ofrecía a sus ojos, no otorgaba cualidades a las cosas a menos que se
le enseñara a verlas, y se divertía mucho contradiciendo a Tosis en
cada una de sus nuevas ideas. Esos sí, cuando no podía fruncía el ceño
diciéndose a si mismo ¡no lo entiendo, no lo entiendo! Por otra parte,
yo, Sintosis, no me parecía en nada a mis hermanos, ni otorgaba ni
dejaba de otorgar cualidades a las cosas, pero tenía la habilidad de
poner paz entre las disputas de Tosis y Antosis. Cuando veía que uno
tenía razón se la daba y el otro la aceptaba, estábamos los tres muy
unidos, juntos aprendíamos muchas cosas nuevas sobre la vida en el
bosque. Nos queríamos como buenos amigos y, claro está, como buenos
hermanos.
Así pues mi padre no encontraba una razón, un buen motivo que le
hiciera elegir a uno u otro. Pero no se rindió, pensó y pensó y siguió
pensando durante más de tres meses, ya sabes que para los duendes el
tiempo no corre tan deprisa como para vosotros. Y finalmente tuvo una
brillante idea, por lo que convocó a toda la comunidad de duendes del
bosque para que escucharan la decisión que tomaba sobre el sombrero
mágico Vortud.
Todos se reunieron en el claro principal del bosque, donde solemos
tener nuestras reuniones y celebrar las fiestas. Cuando acudimos nos
quedamos sorprendidos al ver, sobre un viejo árbol, tres sombreros
idénticos ¡iguales que
Vortud! Mi padre estaba sentado al lado de ellos, nos miraba y sonreía
feliz.
felices en nuestro enorme árbol, un viejo pero vigoroso abeto, el más
confortable hogar para un duende del bosque.
Todos trabajábamos, pues Tosis tenía ya 203 años, Antosis 240 y yo
285, por lo que no éramos duendes-niños, sino más bien
duendes-jóvenes, listos y preparados para participar en todas las
labores del bosque y ayudar en la comunidad de duendes. No se si lo
sabréis pero los duendes siempre estamos muy ocupados; ayudamos a
todos los seres del bosque para que crezcan sanos; avisamos a las
hormigas de cuando va a llover para que se refugien y cierren el
hormiguero; ayudamos a los pájaros a construir sus nidos con pequeñas
ramitas; y cuando una cría de conejo o ardilla se pierde en el bosque
la llevamos junto a sus padres; también solemos esconder las botas o
las gorras de los cazadores para entorpecer su caza, incluso en el
último instante les movemos la escopeta o espantamos al animal para
que se escape. Cuando llega la primavera, tras un frío invierno donde
todo parece dormir, les hacemos cosquillas a las plantas, a los
matorrales y a los árboles para que despierten del invierno y estallen
en miles de flores multicolores. Especialmente sensibles a nuestras
cosquillas son los almendros, por eso son los primeros en mostrar sus
blancas flores. Este es, sin duda, el trabajo que más nos gusta a los
duendes, aunque a veces es duro, pues hay arbustos muy tacaños que se
niegan a florecer y entonces nos toca cantarles y bailarles, algo a lo
que no se resisten, cada sonrisa es como una flor.
Como puedes ver éramos una familia feliz, todo lo feliz que puede ser
un duende. Sólo una cosa parecía preocupar a nuestro padre Estorio,
por las noches junto al fuego se pasaba horas y horas observando con
preocupación su sombrero mágico, el sombrero Vortud, el sombrero que
conduce a su dueño por el camino del bien y la felicidad. Este
sombrero lo recibió como regalo de un misterioso mago al cual ayudó
varias veces, mucho tiempo atrás. No recuerdo muy bien su nombre...
¡Ah sí! El mago Mestron. Debió quedar muy contento con la ayuda que
nuestro padre le prestó, para regalarle nada menos que ¡un sombrero
mágico! El sombrero Vortud que ayuda a llevar una vida digna y llena
de alegrías. Pero antes de entregarlo a mi padre el mago le puso una
condición, que el sombrero debía pasar de padres a hijos. Sin embargo
nada dijo para los casos en que el hijo no es uno... ¡sino tres! Así
pues la felicidad de nuestro padre Estorio estaba empañada por esta
preocupación ¿a quien de sus tres hijos dejaría el sombrero mágico
Vortud?
Mi padre nos quería mucho a los tres, cada uno de nosotros éramos muy
diferentes, pero para él cualquiera de nosotros merecía recibir el
sombrero Vortud. Para elegir a uno, ser justo y no equivocarse decidió
observarnos muy bien, con mucha atención, tenía que resolver el
problema pronto, pues la hora de fundir su energía con la energía de
la naturaleza estaba muy cerca. Al igual que sucedió con su querida
Olma, su esposa, él también merecía descansar y dormir, por muchos
años, mecido por el viento y acariciado por los rayos del sol.
Estorio, mi padre, en sus observaciones, vio que Tosis era un soñador,
un fantasioso que creaba a su alrededor mundos inexistentes, que
otorgaba a las cosas cualidades que no tienen, bueno... a veces sí
acertaba y eso le daba ánimos para seguir soñando. Antosis sin
embargo, era más práctico, sólo veía aquello que, evidentemente, se
ofrecía a sus ojos, no otorgaba cualidades a las cosas a menos que se
le enseñara a verlas, y se divertía mucho contradiciendo a Tosis en
cada una de sus nuevas ideas. Esos sí, cuando no podía fruncía el ceño
diciéndose a si mismo ¡no lo entiendo, no lo entiendo! Por otra parte,
yo, Sintosis, no me parecía en nada a mis hermanos, ni otorgaba ni
dejaba de otorgar cualidades a las cosas, pero tenía la habilidad de
poner paz entre las disputas de Tosis y Antosis. Cuando veía que uno
tenía razón se la daba y el otro la aceptaba, estábamos los tres muy
unidos, juntos aprendíamos muchas cosas nuevas sobre la vida en el
bosque. Nos queríamos como buenos amigos y, claro está, como buenos
hermanos.
Así pues mi padre no encontraba una razón, un buen motivo que le
hiciera elegir a uno u otro. Pero no se rindió, pensó y pensó y siguió
pensando durante más de tres meses, ya sabes que para los duendes el
tiempo no corre tan deprisa como para vosotros. Y finalmente tuvo una
brillante idea, por lo que convocó a toda la comunidad de duendes del
bosque para que escucharan la decisión que tomaba sobre el sombrero
mágico Vortud.
Todos se reunieron en el claro principal del bosque, donde solemos
tener nuestras reuniones y celebrar las fiestas. Cuando acudimos nos
quedamos sorprendidos al ver, sobre un viejo árbol, tres sombreros
idénticos ¡iguales que
Vortud! Mi padre estaba sentado al lado de ellos, nos miraba y sonreía
feliz.
Cuando toda la comunidad estuvimos reunidos, incluido algún que otro
pajarillo, conejo, o ardilla curiosa, Estorio se alzo sobre el tronco
y dijo con voz grave pero divertida: "Todos sabéis que pronto os
dejaré para dormir y descansar, en los brazos de nuestra Madre
Naturaleza, y todos conocéis el regalo que el mago Mestron me hizo, el
sombrero mágico Vortud que confiere al que lo posee una vida digna y
feliz, el cual tengo que entregar en herencia a uno de mis hijos. Si
os preguntara cuál de mis hijos es merecedor, por su comportamiento y
buenos sentimientos, de poseerlo, tendríais el mismo dilema que he
tenido yo durante varios años, pues los tres son buenos hijos, los
tres son trabajadores, los tres son respetuosos y generosos de verdad.
Durante algún tiempo estuve disgustado y contrariado por esta carga,
pero... ¿cómo puedo estarlo? La vida me dio tres bendiciones, tres
hijos de los que sentirme orgulloso, debo pues estar agradecido y
agradecido estoy de corazón... Mis tres hijos tendrán cada uno su
sombrero mágico Vortud."
Se oyó un murmullo a su alrededor. ¿Cómo puede ser que ahora tenga
tres sombreros mágicos? ¿De dónde habrá sacado los otros dos? Y cosas
así nos decíamos unos a otros. Los tres hermanos nos mirábamos los
unos a los otros entre incrédulos y divertidos, no ambicionábamos el
sombrero, y lo que padre decidiera bien estaría.
Mi padre alzó las manos en señal de silencio, todos enmudecieron, y
entonces dijo: "No, no existen tres sombreros mágicos, solo hay un
pajarillo, conejo, o ardilla curiosa, Estorio se alzo sobre el tronco
y dijo con voz grave pero divertida: "Todos sabéis que pronto os
dejaré para dormir y descansar, en los brazos de nuestra Madre
Naturaleza, y todos conocéis el regalo que el mago Mestron me hizo, el
sombrero mágico Vortud que confiere al que lo posee una vida digna y
feliz, el cual tengo que entregar en herencia a uno de mis hijos. Si
os preguntara cuál de mis hijos es merecedor, por su comportamiento y
buenos sentimientos, de poseerlo, tendríais el mismo dilema que he
tenido yo durante varios años, pues los tres son buenos hijos, los
tres son trabajadores, los tres son respetuosos y generosos de verdad.
Durante algún tiempo estuve disgustado y contrariado por esta carga,
pero... ¿cómo puedo estarlo? La vida me dio tres bendiciones, tres
hijos de los que sentirme orgulloso, debo pues estar agradecido y
agradecido estoy de corazón... Mis tres hijos tendrán cada uno su
sombrero mágico Vortud."
Se oyó un murmullo a su alrededor. ¿Cómo puede ser que ahora tenga
tres sombreros mágicos? ¿De dónde habrá sacado los otros dos? Y cosas
así nos decíamos unos a otros. Los tres hermanos nos mirábamos los
unos a los otros entre incrédulos y divertidos, no ambicionábamos el
sombrero, y lo que padre decidiera bien estaría.
Mi padre alzó las manos en señal de silencio, todos enmudecieron, y
entonces dijo: "No, no existen tres sombreros mágicos, solo hay un
Vortud que como todos sabéis, otorga, o mejor dicho, ayuda e inspira
para que su dueño sepa ser agradecido de verdad; para que sea
responsable de todos sus actos; sencillo en su forma de vivir;
comprensivo con todos; generoso, humilde y honesto, y así poder llevar
una vida dichosa y feliz. Por lo tanto dos de estos sombreros no son
mágicos pero los tres son idénticos, tan parecidos que ni yo mismo
sabría distinguirlos. Hijos míos, coged cada uno un sombrero y
guardadlo como si fuera el auténtico, pues podría serlo, y tratad de
llevar la vida que Vortud inspira, al cabo de los años sabréis quién
tiene el verdadero sombrero. Será aquel que consiga llevar una vida
digna y feliz."
Y cuando mi padre hubo terminado de decir esto, se despidió de todos
con una sonrisa amable y se internó en el bosque. Ahora estaba
tranquilo, por fin podría dormir el gran sueño y tener su merecido
descanso.
Los años pasaron desde aquel día, pasaron los siglos también y cada
uno de nosotros, los tres hermanos, formamos nuestra propia familia, y
cada uno de nosotros pensamos, estamos convencidos de que somos los
poseedores de Vortud. Tanto esfuerzo pusimos en llevar una vida digna
y feliz que aún no sabemos quién fue el afortunado, y creo... creo que
nunca lo sabremos.
Blas Cubells Villaba
para que su dueño sepa ser agradecido de verdad; para que sea
responsable de todos sus actos; sencillo en su forma de vivir;
comprensivo con todos; generoso, humilde y honesto, y así poder llevar
una vida dichosa y feliz. Por lo tanto dos de estos sombreros no son
mágicos pero los tres son idénticos, tan parecidos que ni yo mismo
sabría distinguirlos. Hijos míos, coged cada uno un sombrero y
guardadlo como si fuera el auténtico, pues podría serlo, y tratad de
llevar la vida que Vortud inspira, al cabo de los años sabréis quién
tiene el verdadero sombrero. Será aquel que consiga llevar una vida
digna y feliz."
Y cuando mi padre hubo terminado de decir esto, se despidió de todos
con una sonrisa amable y se internó en el bosque. Ahora estaba
tranquilo, por fin podría dormir el gran sueño y tener su merecido
descanso.
Los años pasaron desde aquel día, pasaron los siglos también y cada
uno de nosotros, los tres hermanos, formamos nuestra propia familia, y
cada uno de nosotros pensamos, estamos convencidos de que somos los
poseedores de Vortud. Tanto esfuerzo pusimos en llevar una vida digna
y feliz que aún no sabemos quién fue el afortunado, y creo... creo que
nunca lo sabremos.
Blas Cubells Villaba
domingo, 14 de septiembre de 2008
SEMILLAS
| De aquel rincón bañado por los fulgores del sol que nuestro cielo triunfante llena; de la florida tierra donde entre flores se deslizó mi infancia dulce y serena; envuelto en los recuerdos de mi pasado, borroso cual lo lejos del horizonte, guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado, del sembrador más raro que hubo en el monte. Aún no se si era sabio, loco o prudente aquel hombre que humilde traje vestía; sólo sé que al mirarle toda la gente con profundo respeto se descubría. Y es que acaso su gesto severo y noble a todos asombraba por lo arrogante: ¡hasta los leñadores mirando al roble sienten las majestades de lo gigante! Una tarde de otoño subí a la sierra y al sembrador, sembrando, miré risueño; ¡desde que existen hombres sobre la tierra nunca se ha trabajado con tanto empeño! Quise saber, curioso, lo que el demente sembraba en la montaña sola y bravía; el infeliz oyóme benignamente y me dijo con honda melancolía: —Siembro robles y pinos y sicomoros; quiero llenar de frondas esta ladera, quiero que otros disfruten de los tesoros que darán estas plantas cuando yo muera. —¿Por qué tantos afanes en la jornada sin buscar recompensa?— dije. Y el loco murmuró, con las manos sobre la azada: —«Acaso tú imagines que me equivoco; acaso, por ser niño, te asombre mucho el soberano impulso que mi alma enciende; por los que no trabajan, trabajo y lucho; si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende! »Hoy es el egoísmo torpe maestro a quien rendimos culto de varios modos: si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro. ¡Nunca al cielo pedimos pan para todos! En la propia miseria los ojos fijos, buscamos las riquezas que nos convienen y todo lo arrostramos por nuestros hijos. ¿Es que los demás padres hijos no tienen?... Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre y, en las guerras brutales con sed de robo, hay siempre un fratricida dentro del hombre, y el hombre para el hombre siempre es un lobo. »Por eso cuando al mundo, triste, contemplo, yo me afano y me impongo ruda tarea y sé que vale mucho mi pobre ejemplo aunque pobre y humilde parezca y sea. ¡Hay que luchar por todos los que no luchan! ¡Hay que pedir por todos los que no imploran! ¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan! ¡Hay que llorar por todos los que no lloran! Hay que ser cual abejas que en la colmena fabrican para todos dulces panales. Hay que ser como el agua que va serena brindando al mundo entero frescos raudales. Hay que imitar al viento, que siembra flores lo mismo en la montaña que en la llanura, y hay que vivir la vida sembrando amores, con la vista y el alma siempre en la altura». Dijo el loco, y con noble melancolía por las breñas del monte siguió trepando, y al perderse en las sombras, aún repetía: —«¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!...» |
martes, 19 de agosto de 2008
LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE(CUENTO ZEN)
Cuenta una fábula que se hallaba el buda en el bosque de Jeta, cuando llegaron numerosos ascetas de diferentes escuelas y tendencias filosóficas. Algunos decías:- El mundo es eterno. Eso es lo cierto y todo lo demás es un engaño. Otros aseguraban:- El mundo no es eterno y esta es la única verdad. Unos aseveraban que el mundo es infinito y otros que el mundo es finito. Unos, que el cuerpo y el alma son lo mismo, y otros, que son dos realidades diferentes. Algunos, que el Buda tiene existencia tras la muerte, y otros, que carece de tal. Otros, que el Buda ni existe ni no existe tras la muerte. Y así cada uno de ellos sostenía sus puntos de vista, en la convicción de que los suyos eran los verdaderos y los demás los falsos. Así pasaban su tiempo en cerradas polémicas e incluso llegaban a la indignación y el insulto. Todo ello fue oído y visto por un grupo de monjes, que después le relataron al bienaventurado lo sucedido. Buda comentó:- Monjes, esos disidentes son ciegos que no ven, que desconocen tanto la verdad como la no verdad, tanto lo real como lo no real. Ignorantes, polemizan y se enzarzan como me habéis relatado. Ahora os contaré un suceso de los tiempos antiguos. Había un rajá que mandó reunir a todos los ciegos que había en Savathi y pidió que les pusieran un elefante. Así se hizo. Se les instó a los ciegos a que tocasen el elefante. Uno tocó la trompa, otro el colmillo, otro la pata, otro la cabeza y así sucesivamente. Después el rajá se dirigió a los ciegos para preguntarles: - ¿Qué os ha parecido el elefante que habéis tocado? - un elefante se parece a un cacharro - contestaron los que habían tocado la cabeza.- Es como un cesto de aventar - aseguraron los que hubieron palpado, la oreja.- Es un granero - insistieron los que tocaron el cuerpo. Y así sucesivamente. Y cada uno, empeñado en su creencia, empezaron a discutir y querellarse entre ellos. Es así. Cada uno usa su marco de referencia ego para interpretar los hechos que ocurren a su alrededor, como si fuéramos ciegos y sin posibilidad de ver las cosas desde otra perspectiva. Es por eso mejor estar conciente que todo depende de la percepción y de la interpretació n, no solo seremos totalmente independientes de las opiniones, deseadas o no, de los demás, sino que también podremos abrirnos a la posibilidad de cambiar.Libérate. |
jueves, 12 de junio de 2008
EL LEON Y EL RATÓN (FÁBULA)
Unos ratoncitos sin cuidado en el prado, despertaron a un león que dormía plácidamente al pié de un árbol.La fiera, levantándose de pronto , atrapó entre sus garras al más atrevido de la pandilla.
El ratoncito, presa de terror, prometió al león que si le perdonaba la vida la emplearía en servirlo; y aunque lo hizo reír, la fiera terminó por soltarlo.
Tiempo después, el león cayó en las redes que un cazador le había tendido y como, a paesar de su fuerza, no podía librarse, atronó la selva con sus furiosos rugidos.
El ratoncito, al oírlo, acudió presuroso yrompió las redes con sus afilados dientes.Ejerciendo mucha concentración, dedicación en cumplir con la palabra dada al león.
De esta manera el pequeño ex prisionero cumplió su promesa y salvó la vida del rey de los animales.
El león meditó seriamente en el favor queacababa de recibir y prometió ser en adelante mucho más generoso .
Moraleja:
EN LOS CAMBIOS DE FORTUNA, LOS PODEROSOS NECESITAN LA AYUDA DE LOS DÉBILES!
El ratoncito, presa de terror, prometió al león que si le perdonaba la vida la emplearía en servirlo; y aunque lo hizo reír, la fiera terminó por soltarlo.
Tiempo después, el león cayó en las redes que un cazador le había tendido y como, a paesar de su fuerza, no podía librarse, atronó la selva con sus furiosos rugidos.
El ratoncito, al oírlo, acudió presuroso yrompió las redes con sus afilados dientes.Ejerciendo mucha concentración, dedicación en cumplir con la palabra dada al león.
De esta manera el pequeño ex prisionero cumplió su promesa y salvó la vida del rey de los animales.
El león meditó seriamente en el favor queacababa de recibir y prometió ser en adelante mucho más generoso .
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