Emprender un nuevo rumbo no implica necesariamente hacer grandes transformaciones, ni alcanzar ciertos objetivos.
El gran cambio se produce en el interior, como descubrió el joven Zi-cang en esta historia.
Cuentan que el joven monje Zi-cang era un discípulo respetuoso y esforzado. Sin embargo, los ejercicios de meditación tenían para él gran dificultad: a Zi-cang le costaba mantenerse en aquel silencio y dejar que sus pensamientos fluyesen "como un calmo arroyo". A menudo se distraía con lo que ocurría a su alrededor o se quedaba detenido en alguna idea que no lograba abandonar y que permanecía rondando en su mente.
Había pasado un buen tiempo sin que Zi-cang pudiese encontrar una solución a lo que le ocurría, hasta que un día oyó hablar a uno de los maestros de la "Morada de Buda". Se trataba de una caverna adonde, al parecer, Buda había llegado poco después de haberse iluminado y donde había pasado varias semanas sumido en un absoluto silencio y en una profunda meditación.
"¿ Qué mejor lugar que ése para concentrarse en las meditaciones? ", se preguntó el joven Zi-cang. Entonces quiso saber más sobre aquel lugar, pero el maestro no podía darle muchos detalles. Según dijo, nadie sabía exactamente dónde estaba la caverna y aseguraban que sólo existía un camino que conducía hasta allí. Quizás el maestro Qian-feng, que vivía más al Norte, entre las montañas, podría indicarle cómo llegar hasta allí.
Zi-cang no lo dudó. Pidió permiso a sus maestros y cuando lo obtuvo, guardó en una bolsa una muda de ropa y algunas provisiones. Al amanecer, partío hacia las montañas del norte, sin saber muy bien hacia dónde se dirigía. Al cabo de varios dias de marcha, se encontró al pie de la montaña, cerca de donde se suponía que debía estar la casa del maestro Qian-feng.
Pero no había visto una sola casa ni sendero alguno.
A medida que Zi-cang se ionternaba más y más en la montaña, su desazón iba en aumento. Después de una ardua subida por una pendiente, sintió que sus fuerzas lo abandonaban y se sentó junto a un árbol para descansar. Justo entonces, una vez su respiración se hubo sosegado, pudo escuchar el rumor del agua corriendo cerca de allí. Se puso de pie, caminó unos metros en la dirección de la que provenía el ruido y cuando estuvo junto al arroyo, vio sentado en la orilla a un hombre de pelo y barba blancos. Se acercó al hombre y le preguntósi, por casualidad era el maestro Qian-feng.
-Lo soy- respondió el hombre.
-Maestro, qué afortunado soy de haberle encontrado-dijo el joven monje-. Mi maestro me dijo que usted podría ayudarme a encontrar "La morada de Buda". Le ruego que me indique dónde se encuentra.
-¿Dónde se encuentra?- repitió Qian-feng algo confundido-. Lo siento, pero no puedo decírtelo.
-Dígame al menos cómo llegar. ¿Es cierto que existe un único camino?
-Sí, es cierto-dijo Qian-feng, apoyándose en su bastón para ponerse de pie-.Un único camino para ti, un unico camino para mi, un único camino para cada uno.
-Maestro, por favor-dijo Zi-cang algo ansioso-, dígame, ¿dónde comienza ese camino?.
-¡ Ah!-exclamó el viejo-. Eso es muy sencillo, pues el comienzo del camino hacia la morada de Buda está marcado con una señal en el suelo.
A Zi-cang le pareció muy extraño que el camino hacia un lugar tan sagrado pudiese estar señalado de forma tan burda. Pero entonces, Qian-feng cogió su bastón y con el extremo, trazó una X sobre la arena, justo frente a los pies de Zi-cang:
-El camino hacia la morada de Buda comienza aquí-dijo el maestro señalando la X-.En todo momento y donde quiera que estés, el camino comienza justo allí donde te encuentras.
El joven discípulo lo comprendió en el acto y partiendo desde la señal por Qian-feng, emprendió el camino de regreso al monasterio. Al llegar, se sentía distinto. Algo dentro suyo había
cambiado. Lo comprobó en el primer ejercicio de meditación: sintió una profunda calma y luego un dulce regocijo cuando apareció en su mente la sonrisa de Qian-feng. En él estaba la morada de Buda..
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